¿QUÉ CAMBIO, MI GENERAL?

12 marzo 2021

– ¡¡¡Mi general!!!

– ¿Quién me habla?

– Soy yo, mi general. Me llamo Juan Machuca y fallecí luchando contra los peruanos en la batalla de Chorrillos. Me recogieron tiempo después, todavía vestido con la guerrera azul marino y mi pantalón rojo, desteñido por el sol del desierto y rotoso por el arrastre sobre la arena. Me llaman el Soldado Desconocido. Estoy en la base de esta estatua y soy el que recibe la mayor furia destructiva de parte de las turbas de desalmados que vienen cada viernes, con la intención de trepar hasta usted y derribarlo junto con su caballo.

 –  Lo siento enormemente, soldado, y estoy decepcionado. Fíjese que hemos gozado noventa y tres años de tranquilidad y respeto de parte de generaciones de chilenos que nos reconocieron como héroes y honraron con esta estatua inaugurada en 1928, con la presencia de algunos camaradas veteranos sobrevivientes. Gozaba observando la alegría de los jóvenes que venían a celebrar triunfos deportivos y ahora me impresiona la ignorancia de estos antipatriotas que quieren destruirnos.

Recuerdo como si fuera ayer cuando en noviembre de 1879 desembarcamos en Pisagua, llevando caballos, mulas y carretas, junto con nuestros pertrechos de forraje, armamento, municiones y mucha esperanza de superar el inhóspito desierto, donde debíamos enfrentarnos no solo al enemigo sino también a las adversidades de un campo desconocido. Participé en las conquistas de Arica y Tacna con mi noble caballo Diamante, y seguimos avanzando hacia el norte con una tropa desgastada, hambrienta y sedienta, pero premunida de un alma guerrera generosa y anhelante de triunfar en esa guerra desigual.

 – Así es mi general. Yo lo acompañé en esa campaña de Lima y recuerdo que ya estábamos en las puertas de la capital preparándonos para el primer combate contra la primera línea de los peruanos. Esa noche del 12 de enero de 1881, la última noche de mi vida, la pasamos en vela porque antes de irnos a dormir usted nos reunió, y con su voz ronca y fuerte nos gritó una arenga que me pararon los pelos, diciéndonos que estábamos a punto de alcanzar la gloria eterna si tomábamos Lima. Al día siguiente de madrugada, mi división al mando del comandante Patricio Lynch debía atacar el Morro Solar, que defendía el abra de Santa Teresa mientras las otras divisiones atacarían por flancos diferentes, a cargo del general Emilio Sotomayor y el coronel Pedro Lagos.

​A las cinco de la mañana, casi obscuro, nos fuimos acercando a las líneas peruanas y comenzamos a recibir fuego nutrido, sin saber que la división del general Sotomayor se había atrasado en su partida como estaba planificado, dejándonos solitarios. Mientras caían mis compañeros por el fuego enemigo, sentimos el clarinete de combate de la división del coronel Arístides Martínez, que venía a apoyarnos desde atrás. Al rato se acopló con gran ruido de trompetas para apoyarnos la división del comandante Sotomayor. Gracias a estos refuerzos, logramos desarmar la línea y dispersar las fuerzas peruanas, de las cuales una parte se fugó hacia el valle, otra la vimos corriendo para encerrarse en el balneario de Chorrillos y la mayor parte se arrancó al Morro Solar, que estaba bien fortificado y artillado. Recibimos la orden de subir el cerro, enfrentando la artillería que disparaba desde arriba, pero no medimos el peligro al que nos enfrentábamos. Mientras brincábamos entre balas que zumbaban, veía como caían muchos camaradas con el pecho ensangrentado y exhalando gritos de dolor. Para colmo de males, se nos acabaron las municiones y debimos retroceder, perseguidos por los envalentonados peruanos. Pero poco les duró la alegría porque recibimos refuerzos, volvimos a la carga haciéndolos replegarse hacia el morro, donde, después de una lucha encarnizada logramos tomar el Cerro Solar.

​Lograda esta posición, usted mi general ordenó que nuestra división comandara el ataque al balneario de Chorrillos. Allá la lucha fue cuerpo a cuerpo, casa por casa, con carga de bayoneta. Iba yo corriendo detrás de un soldado peruano, este dobló en una esquina y a la vuelta me estaba esperando. Me atravesó el cuerpo con su bayoneta, me tumbé en el suelo y fallecí desangrado.

-¡¡¡¡Qué honor conversar con usted, soldado!!!!! Cuanto lo lamento. Le cuento lo que sucedió después. Esa noche ordené que los enfermeros sanen los heridos y los muertos sean alineados para su sepultura. Dormimos en el mismo campo enemigo conquistado. En la mañana del día 14, el Ministro de Guerra en Campaña, don José Francisco Vergara hizo tentativas de paz con los peruanos, pero no resultaron. Solo se acordó un armisticio que duró hasta las 12 de la noche.

​El día 15 amaneció con los dos ejércitos contendientes separados por una distancia muy corta, casi como mostrándonos los dientes, esperando que se encienda la pólvora para comenzar la refriega. El Ejército de Reserva peruano se hallaba apostado a lo largo de la línea de Miraflores, hoy un elegante barrio residencial en las afueras de Lima.

La batalla comenzó a las dos de la tarde mientras mis tropas estaban descansando, lo que dificultó tomar posiciones al coronel Lagos y nos puso en serios aprietos; pero en ese momento nuestra Escuadra comenzó a hacer fuego. Lagos volvió a tomar la ofensiva con otro cuerpo, se incorporó al combate la división de Patricio Lynch, los peruanos ordenaron zafarrancho de combate con su caballería, pero le salieron al encuentro los Carabineros de Yungay, obligándolos al retiro y dando por ganada la batalla.

Al día siguiente, el 16, exigí la rendición condicional de Lima, pero me encontré con que las autoridades limeñas ya no estaban. Debido al saqueo y enfrentamientos que se producían por la anarquía, los comerciantes extranjeros me pidieron que ocupáramos Lima. Así se hizo, y el 17 de enero de 1881, ingresamos a Lima desfilando por sus calles. Asi fue como sellamos un triunfo histórico para nuestro país, con el concurso de soldados valientes como usted, Machuca, que en número de 20.000 ofrendaron su vida por la patria.

 -Qué significan esos golpes que escucho, mi General?

– Me están llevando, soldado, para reparar los daños causados a mi estatua ecuestre. Usted permanecerá custodiando el monumento profanado, mientras dura mi reparación. Me voy triste y amargado. Peor que la profanación de la estatua, siento mi honor dañado porque jamás rehuí el combate en el frente de batalla luchando por mi patria. Jamás abandoné el campo de batalla por cobardía, como lo hacen conmigo. Hoy día me retiran humillado, sin haberse librado batalla alguna para defenderme. Dios quiera que Chile no se vea enfrentado en una guerra con países vecinos, porque estos jóvenes violentistas no conocen Patria, ni menos se sentirían llamados a defenderla

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