No cabe ninguna duda. La política chilena amenaza estar invadida por el simplismo. Y esta semana, plagada de payasadas y de vergüenzas, lo ha confirmado.

Un vistazo al debate público permite advertirlo.

En la izquierda se ha trazado una línea que permite distinguir lo que es correcto y lo que no lo es y se le ha dado un nombre: transformación. Así, las “fuerzas transformadoras” están en lo correcto y las que no endosan ese propósito están equivocadas. En la derecha, por su parte, se ha dicho por estos días que ha sido un error no ofrecer una fisonomía ideológica nítida y en cambio asemejarse a la oposición. En este caso, se dice, la reciente derrota era obvia, porque frente a dos demandas similares, la gente preferiría el original y no la copia.

El pecado de la centroizquierda (el PS y el PPD) habría consistido en no erigirse en una fuerza transformadora; el de la derecha, en haber abandonado su identidad.

Se trata de dos simplismos mayúsculos.

Desde luego, para comenzar por la izquierda, la transformación no es por sí misma virtuosa. Y una fuerza que la persiga tampoco. Cambiar de forma —que eso es la transformación— no es, en modo alguno, intrínsecamente bueno. Como sabe cualquier vida humana consciente de sí misma, las cosas se pueden transformar para bien o para mal (y esto último es frecuente).

Una fuerza transformadora, en consecuencia, que es como se presenta a sí misma el Frente Amplio y el Partido Comunista, es una descripción vacía mientras no se explicite en qué se quiere transformar la realidad actual y cómo. Luego, erigir la transformación de esto o aquello como divisa ideológica del propio programa no dice mucho o dice nada, porque el problema de veras es el siguiente: ¿transformar en qué? Hay en todo esto el prejuicio —un prejuicio del que ese lema de la transformación se sirve— de que lo que se espera mañana es siempre mejor de lo que se deja atrás; que lo nuevo, fuere cual fuere, es mejor que lo viejo; que a la vuelta de la esquina el paisaje es mejor que el que se tiene delante de los ojos; pero todos saben que ese es un prejuicio irracional.

En suma, la transformación por sí misma no es intrínsecamente virtuosa; luego, esgrimirla como marca identitaria es un pase de manos, un gesto en el que cada uno verá lo que quiere ver. El valor de una transformación, cualquiera él sea, es función de aquello que se persigue y de lo que hay que hacer para alcanzarlo. Quizá el FA y el PC harían bien en develar el misterio, dejar de hablar de la transformación y dedicar algunos minutos al sentido que ella poseería y al camino que habría que transitar para alcanzarla.

La derecha —sobra decirlo— tampoco lo ha hecho bien. Mientras se levantaba del suelo, se palpaba a sí misma para ver si los huesos estaban en su lugar y se sacudía la ropa, surgieron de inmediato las voces: su caída sería el fruto de haber abandonado su identidad y sus ideas y de haber imitado las ajenas.

Otro simplismo.

Porque el problema de la derecha no fue haber abandonado sus ideas (que cuando se mira a sus líderes tampoco son demasiadas), sino que su problema es el opuesto al de la izquierda.

Porque mientras la izquierda del FA y el PC quiere transformar (dejando en paréntesis el cómo y el destino de esa transformación), la derecha parece estar obnubilada con la facticidad, con las cosas tal como son, con la estructura, por llamarla así, de la modernización. Por supuesto advierte los problemas; pero piensa que ellos después de todo son adjetivos, y que se corregirán con más asistencialismo (Desbordes y Sichel), mayor eficiencia e imaginación en la gestión (Lavín), subrayando conceptos (Briones) o imponiendo el orden (Kast). Así, la derecha está atrapada en otro simplismo, el simplismo de creer que la facticidad tiene la última palabra y que el poder está para administrarla.

En medio de esos simplismos —y este es quizá el problema clave de la política chilena de hoy— hay un gigantesco silencio. El problema de la centroderecha (allí donde la haya) y la centroizquierda (allí donde quede algo) es que luego de haber construido el Chile contemporáneo, han sido incapaces de comprender los públicos que han creado, las trayectorias vitales que en este tiempo se desenvolvieron, las expectativas que generalizaron, las nuevas formas de pobreza que surgieron, las identidades que brotaron, la autonomía de los más jóvenes que la expansión educacional y el consumo hicieron posible.

Si la centroizquierda sigue confundiendo el progresismo con la demanda de una transformación sin facciones o la centroderecha creyendo que en la simple facticidad de la modernización está el secreto, el centro desaparecerá.

La clave de la política del siglo XX chileno estuvo en el centro, que gobernaba a veces con la derecha y otras veces con la izquierda. Si la historia arroja alguna lección es esta: la modernización solo podrá continuar y corregir sus patologías si aparece el centro, lo que quiere decir: si el simplismo se deja atrás y comienza el tiempo de las ideas, la conciencia de la complejidad de las cosas. 

                              Carlos Peña

El Mercurio

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